Etiqueta: autogestión

  • Company of One (+1)

    Company of One (+1)

    Siempre he sido muy fan del libro Company of One, de Paul Jarvis. Lo he citado, recomendado, defendido. Lo adopté como ideología: trabajar por proyectos, sin crecer por crecer, con colaboradores puntuales a demanda y sin estructura fija. Optimizar, no escalar. Flexibilidad total. Autonomía absoluta.

    Y bueno, en cierto modo, me ha funcionado.

    Evité cargas innecesarias. No contraté cuando no lo necesitaba. Mantuve mi actividad ágil, sin grasa. Y eso me dio algo valioso: capacidad de adaptación. Podía saltar de un sector a otro sin apenas rozamiento. Sin lastres.

    Pero creo que también ha tenido un efecto que hoy empiezo a mirar de frente. Un efecto colateral del que no recuerdo que se hable mucho en el libro.

    En el libro, ese “One” —llamémosle Juan— es alguien con visión, método y nervio. Juan es un ninja. Tiene los códigos de Sión. Controla su negocio de cabo a rabo. Sabe cuándo y cómo delegar. Y selecciona a sus colaboradores como si fueran componentes intercambiables de algún mecanismo con precisión suiza.

    Como sistema, Juan es aparentemente perfecto. Pequeño, eficaz, libre, resiliente. Antifrágil, incluso.

    Pero hay un detalle. Juan no es un sistema. Es una persona (nen). Y como persona, no sólo está sometido a las variaciones del mercado… también a las de su hardware biológico.

    Juan, o Jaime, o quien sea, puede tener días malos. Puede enfermar (aún siendo autónomo). Puede tener familia. Puede cabrearse, estresarse, saturarse o simplemente querer parar. Puede tener un lunes de esos chungos, chungos. Y ahí es donde Company of One se le empieza a quedar corto.

    Porque un sistema centrado en un sólo nodo, por óptimo que sea, es vulnerable. Y si ese nodo se cae… se cae todo. APAGÓN.

    A nadie le gusta un apagón… eso lo hemos comprobado.

    Puede que yo me lo tomara demasiado literal. Tal vez Jarvis sí hablaba de equipos mínimos. En ese caso, retiro mi inquietud. Vuelvo a estar con Paul hasta la muerte.

    Pero si algo me ha enseñado el camino es esto: un sistema, por muy mínimo que sea, necesita gente. No mucha. Pero alguna.

    Juan necesita compañía. No asistentes, ni empleados desafectados. Compañeros. Gente que sepa del camino, que pueda compartir peso, y si hace falta, cargar contigo cuando tú no puedas más. Si te caes solo… mal asunto.

    Claro que eso da vértigo. Pasar de Juan a Juan+1 no es trivial. Es un paso simbólico, y económico. Es comprometerte con tu idea en presente. Dejar de pensar en el proyecto como algo personalizado, a medida, líquido, que puedes modificar a tu antojo en cualquier momento.

    Y no, no significa convertirte en empresario (eso ya lo eras). Significa que tu idea ya no es sólo tuya. Que se comparte. No estoy hablado de socios o porcentajes. Me refiero a que se sostiene en común. Y que eso también tiene su belleza.

    Tras años esquivando ese paso, comienzo a coger la variante. La de sumar. Tímidamente, pero convencido de que es el mejor camino que podría tomar. Hacerlo convencido ya es mucho para mí. Y no por crecer. Lo hago para poder seguir la senda que el proyecto me pide.

    Para sostener un emprendimiento sencillo, útil y bonito… que también pueda superar esos lunes chungos sin despeinarse. Y que, algún día, incluso pueda llamarse empresa sin que eso se sienta como un pesado compromiso.

    A los que ya hicisteis este paso, seguro que un +1 os parece pequeño. Pero yo lo estoy celebrando como si le hubiera ganado un pulso a mi CEO interior. El que no delega, el que lo quiere hacer todo solo. Ese que también soy yo.


    📖 La lección pendiente también habla de esto. De modelos que funcionan… y de otros que no. De lo personal convertido en sistema.Y de cómo, a veces, crecer no es escalar, sino compartir. Si este texto te ha resonado, quizás el libro también te acompañe: 👉 https://amzn.eu/d/9yLHl9k

  • ¿Te lo escribo o te lo cuento?

    ¿Te lo escribo o te lo cuento?

    Hoy he desayunado con dos amigos. No debería ser algo extraordinario. Pero hoy lo ha sido. Porque, entre otras cosas, he podido dedicarles mi libro, La lección pendiente, y eso ha convertido el desayuno en algo simbólico para mí. De esas pequeñas vivencias con sentido que cierran un círculo.

    Uno de ellos, Carlos, aparece seguro en el capítulo sobre que te paguen por pensar (pay per think). Probablemente, también en algún otro pasaje que no recuerdo. El otro, Juan Manuel, fue el primer autor que conocí en persona que me regaló su libro. Él no lo recordaba, pero hoy, más de 14 años después, he podido devolverle el gesto. Yo que nunca me sentí autor. Hemos hablado de escribir. De ese ejercicio íntimo y personal, pero también social y comunitario. De cómo la escritura nos construye por dentro, pero también nos entrelaza con los demás.

    Con Carlos —y también con su padre, Rafael— aprendí a escribir de otra forma. No ficción. Sino memorias, proyectos, actas killer. Textos minuciosos, técnicos, eficaces. Llenos de sentido e intención. Sin florituras, pero con poder. Aprendí que en las reuniones uno puede levantar la voz, usar metáforas brillantes, hacer piruetas argumentativas… pero al final, la palabra escrita, es la última palabra. Tal vez por eso le he tenido tanto respeto a escribir. Porque el que escribe, deja constancia. Y la constancia no siempre se lleva bien con la incertidumbre. Y otra cosa no, pero a mí lo de dudar sobre cualquier tema puede ser mi mayor pasatiempo involuntario.

    También esta semana, ayer mismo, participé en una reunión donde se habló largo y tendido. Elaborado. Complejo. Pero sin soporte. Las ideas quedaban en el aire, como nubes que se entremezclaban sin que su suma llegara a ser conclusión. Estuve a punto de sacar un papelógrafo y poner orden visual a las voces. No lo hice. Y no sé si arrepentirme. Pero sé que habríamos llegado antes… y que hoy tendríamos un mapa para volver a recorrer esa conversación (y esos pensamientos). Lo no escrito se disuelve. Lo escrito se relee.

    De nuevo hoy, en el almuerzo, antes de clase, hablábamos de ChatGPT y de cómo, cada vez más, le estamos escribiendo cosas que antes no llegábamos ni a pronunciar en voz bajita. Personalmente, tengo un proyecto abierto sólo para hablarle sobre mí mismo, enfocado en mi desarrollo personal y profesional. Lo uso como diario, como espejo, como confesionario. No porque me dé respuestas —que a menudo sí y buenas— sino porque escribirle me obliga a ordenarme por dentro. A verbalizar. A reconocer.

    Pensé en esos diarios guiados de gratitud o reflexión tan de moda en los últimos años (físicos o digitales). En las preguntas de autoconocimiento. En todo ese movimiento de sacar lo que llevamos dentro, no para exhibirlo, sino para entenderlo. Para hacerlo visible.

    Recordé a Kahneman y su libro: Pensar rápido, pensar despacio. Su distinción, simplicando mucho, entre el Sistema 1 (rápido, automático, emocional) y el Sistema 2 (lento, deliberativo, lógico). Y comprendí por qué escribir es tan importante: nos obliga a activar el Sistema 2. A razonar, matizar, dudar, aclarar, reorganizar. A ponerle palabras a lo que sentimos, pero también a lo que queremos construir.

    En varias ocasiones me dijeron eso de “¿Por qué no escribes como hablas? Seguro que quedará bien”. Lo probé. Utilicé las herramientas de dictado. Y descubrí mis trampas. Mis atajos. Mis incongruencias. La voz suena bien hasta que se convierte en letra y se enfrenta a la relectura. Lo hablado puede seducir. Lo escrito se somete a juicio. De ahí la dureza de escribir. Y de ahí, su gran valor.

    Escribir no es sólo para «autores». Es una herramienta universal. Para pensarse. Para leerse. Para hablarle a una IA, a un amigo, a uno mismo o al mundo entero. Es un músculo. Y como todo músculo, se desarrolla con esfuerzo. Pero también te puede sostener cuando necesitas estructura, o cuando buscas luz entre las sombras.

    Me pregunto si habrá mucha gente viviendo en modo Sistema 1 constante. Si les cuesta pasar al 2. Si escribir no sólo les parece innecesario… sino inaccesible. Y si, quizás por eso, muchas veces nos chocamos contra tanta sin razón.

    En mi caso, obligarme a escribir ha sido un camino de resistencia. No por disciplina, sino por necesidad. Aún no diré que lo disfruto (me gustaría llegar a hacerlo). Pero sí puedo decir que escribir me ayuda a recuperar lo que la velocidad me quita. Cuando vivo demasiado rápido, intento escribirlo. Para ver qué me quería decir esa experiencia que aún no he entendido.

    Y en el fondo, creo que todo esto es una forma de mapearme. De pasar por la vida con un cuaderno invisible donde intento entender lo que siento, lo que pienso… y lo que el mundo me está contando.

    Porque sí. A veces, prefiero contártelo. Pero casi siempre, necesito escribirlo.


    📖 La lección pendiente también va de eso: de escribir para entender(se).Si este texto te ha tocado algo, quizá el libro también lo haga.👉 https://amzn.eu/d/9yLHl9k

  • ¿Quién me ha robado el lunes?

    ¿Quién me ha robado el lunes?

    Ayer no escribí. Y me molesta. Me tiene trastocado.

    Porque yo soy de los de «¡por fin es lunes!». No por llevar la contraria, sino porque me gusta cuando la semana arranca. Me gusta esa sensación de hoja en blanco, de impulso, de posibilidad. De nuevas oportunidades. No por descartar lo anterior sino por darle un poquito más de ritmo a la cosa. Por eso, cuando no puedo aprovecharlo, siento que me han robado algo. Como Sabina con el mes, pero con a mí con una planificación semanal.

    ¿Quién me ha robado el lunes? Lo guardaba en el cajón donde guardo las gnas. La intención. El equilibrio.

    Hace años, en mi Erasmus en Milán, descubrí el concepto de settimana corta: alquilar una habitación sólo de lunes a viernes. Era algo normal allí, que me resultó sorprendente. Era un acuerdo para vivir a medias: ser una persona de lunes a viernes, y otra distinta el fin de semana. Para mí, el espacio que habito, tiene una gran influencia en mis rutinas, comportamientos, relaciones… Por lo tanto, aquello me pareció como un contrato de doble vida, perfectamente aceptado. Normalizado en una metrópolis de 1,36 millones de habitantes.

    Me recordó a quienes «jornalean» en otra ciudad y regresan a casa sólo para dormir en ella los fines de semana. Tal vez práctico. Pero también esquizofrénico. Me preguntaba si esas personas se sentían divididas. Si había algo en esa forma de vivir que les pudiera provocar cierto desgaste de ese que no se ve.

    A mí me pasó algo parecido cuando estudiaba los primeros años de carrera en Sevilla pero volvía a Córdoba los fines de semana. Era yo, claro. Pero no el mismo. Tenía comportamientos distintos, energías distintas, tonos distintos. Y no me gustaba. Me esforcé por hacerme coherente ambos sitios. Lo hablé en casa, con familia y amigos. Ahora que lo pienso, fue una decisión de supervivencia emocional. Como evitar el cambio de mi materia para no gastar más energía en el tránsito de un estado a otro.

    Por eso, cuando oigo «por fin es viernes», no puedo evitar sentir una pellizquito. No por juicio, sino por empatía. Porque ese «por fin» suena a huída. A respiro que no debería ser excepcional. A alivio que se ha vuelto rutina. Como si cinco días de la semana no pertenecieran a la misma vida.

    Y por eso, no es que me enfade, pero me da coraje no haber podido vivir mi lunes en paz. Porque ayer se desbordó. Entre lo laboral, lo personal, lo invisible y lo urgente. Porque no hubo rastro de equilibrio con el fin de semana previo, ni con este martes que he empezado más atribulado de lo que me gustaría.

    Hoy intento practicar un taichi figurado con esa bola invisible que vino cuesta abajo. No quiero que me pase por encima. Quiero absorber su inercia, amortiguar el golpe, redirigirla. Porque mi objetivo no es tener días buenos y malos, sino una semana entera vivida desde el mismo eje. Con picos, claro. Pero sin montañas rusas innecesarias. Ya hubo suficiente Feria la semana pasada…

    Ya sé que alguien dirá que la vida es así, que hay altibajos. Y tiene razón. Pero si gasto energía en algo, que sea en aprender a nivelar. A disfrutar de cada día, sea lunes, viernes o domingo.

    Hablaremos otro día de las depresiones dominicales. Hoy sólo quería recuperar mi lunes. Aunque ya sea martes.


    Este tipo de reflexiones —sobre lo que sentimos pero no siempre nombramos, sobre cómo habitamos el tiempo, el trabajo y las emociones— son también parte de La lección pendiente. Un libro que no busca darte respuestas, sino invitarte a mirar distinto. A juntar las piezas. A vivir los lunes… y los demás días, con algo más de sentido.

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  • A veces se gana, otras veces se aprende

    A veces se gana, otras veces se aprende

    Ayer no publiqué. La semana fue intensa, con una agenda complicada que acabó estrangulando el tiempo de escribir. Sin embargo, esa pausa (y esa agenda) me brindaron un buen tema de reflexión.​

    Acompañé (ayer y las dos semanas previas) a dos equipos de jóvenes, de entre 11 y 13 años, en la defensa de sus proyectos emprendedores. Primero, en una simulación de feria con stand y posterior presentación formal con pitch, jurado y todos sus avíos.

    Ninguno de los equipos obtuvo el primer puesto en su categoría.​

    Para algunos, esto podría interpretarse como un fracaso. Pero mí perspectiva es distinta.

    Aunque no lograron el reconocimiento máximo, los aprendizajes y experiencias obtenidos son invaluables. Como bien dice John C. Maxwell, experto en liderazgo: «A veces se gana, otras veces se aprende».​

    5 aprendizajes clave que se llevaron estos jóvenes:

    > Resiliencia ante la adversidad: Enfrentar desafíos y no obtener el resultado esperado les enseña a manejar la frustración y a seguir adelante.​

    > Importancia del trabajo en equipo: Colaborar, escuchar y aportar en conjunto fortalece la cohesión y eficacia del grupo.​

    > Habilidades de comunicación: Presentar ideas de manera clara y persuasiva es esencial en cualquier ámbito.​

    > Adaptabilidad: Aprender a ajustarse a diferentes situaciones y feedback es crucial para el crecimiento personal y profesional.​

    > Valor del esfuerzo continuo: Entender que el éxito no siempre es inmediato y que cada intento suma en el camino hacia las metas.​

    Estas experiencias tempranas moldean el carácter y preparan a los jóvenes para futuros retos. Como señaló Samuel Beckett: «Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.»​

    En #educación y #emprendimiento, no se trata sólo de ganar, sino de crecer con cada experiencia. Cada paso, incluso los que parecen retrocesos, nos acerca más a nuestras metas.​

    Además, es fundamental comprender que la conclusión de una acción o proyecto no representa el final, sino el inicio de nuevas oportunidades. Cada experiencia, independientemente de su resultado, abre puertas a aprendizajes y caminos que antes no habíamos considerado.​

    Más allá de los resultados inmediatos, lo esencial es el proceso y las posibilidades que se generan a partir de él. Cada final es, en realidad, un nuevo comienzo.​

    Esto me recuerda a uno de los capítulos de #Lalecciónpendiente, donde exploro cómo el aprendizaje auténtico surge precisamente en estos momentos de incertidumbre y transición.​

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    ¡Y buen fin de semana!

    #EducaciónEmprendedora #Aprendizaje #LaLecciónPendiente

  • El descanso también es una decisión emprendedora

    El descanso también es una decisión emprendedora

    Durante años fui un #workaholic de libro. Y lo llevaba con orgullo. Trabajar fines de semana, noches, festivos… era mi manera de demostrar compromiso. De estar “a la altura”. De ganar respeto. De demostrarme a mí mismo que podía con todo. También de expresarme…

    Hoy no reniego de aquella etapa. En ocasiones no tengo claro si he salido de ella. Pero sí tengo instalada una especie de supraconciencia que vigila e intenta protegerme. Porque he aprendido que hay cosas que, una vez perdidas, no se recuperan. Y una de ellas es el sueño. Las necesarias horas de sueño. Y no sólo el literal, también el simbólico. El descanso profundo. La paz. El espacio interior para sentir, pensar y simplemente ser sin tener que rendir.

    Lo veo constantemente en autónomos y profesionales por cuenta propia, que son la Unidad Mínima de Emprendimiento. Cuando tú eres el negocio, el proyecto y quien lo ejecuta… ¿cómo paras? ¿Cómo priorizarte sin sentir que estás dejando desatendido tu propio sueño?

    Ahí es donde entra una de las competencias más personales del marco #ENTRECOMP: #autoconciencia y #autoeficacia. No es sólo saber en qué eres bueno. Es saber cómo estás. Qué recursos reales tienes hoy (no los que proyectas). Qué emociones te están gritando desde dentro. Qué cosas estás sacrificando sin darte cuenta.

    La #introspección no puede ser un lujo. Es una necesidad. Emprender tensiona la seguridad y la valía de uno mismo hasta límites poco conocidos. Pones en juego no sólo lo que sabes hacer, sino lo que crees que eres. Y eso te obliga a mirar hacia dentro. A enfrentarte a dudas que no sabías que tenías. A sostenerte cuando nadie más te está mirando.

    No es casualidad la cantidad de libros de autoayuda y desarrollo personal que se consumen y recomiendan en el ámbito emprendedor…

    No puedo hablar desde la experiencia directa, pero muchas veces pienso que emprender se parece —en el fondo— a hacer la mili. No por la forma, ni por la función. Sino porque es una experiencia de paso. Una prueba de resistencia emocional. Una confrontación con uno mismo que transforma.

    Si todo el mundo pasara por la experiencia de emprender un negocio… quizás muchas cosas funcionarían distinto en esta sociedad.

    En #Lalecciónpendiente hay mucho de eso. De cómo emprender no es sólo crear algo útil para el mundo. Es también crearse a uno mismo mientras lo intentas.

    ¡Buen fin de semana!

    🟡 ¿Te estás escuchando de verdad… o sólo sobreviviendo al ruido?

    📘 Si esto te remueve, #Lalecciónpendiente quizás también lo haga: https://amzn.eu/d/gr9Jw2n