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  • Company of One (+1)

    Company of One (+1)

    Siempre he sido muy fan del libro Company of One, de Paul Jarvis. Lo he citado, recomendado, defendido. Lo adopté como ideología: trabajar por proyectos, sin crecer por crecer, con colaboradores puntuales a demanda y sin estructura fija. Optimizar, no escalar. Flexibilidad total. Autonomía absoluta.

    Y bueno, en cierto modo, me ha funcionado.

    Evité cargas innecesarias. No contraté cuando no lo necesitaba. Mantuve mi actividad ágil, sin grasa. Y eso me dio algo valioso: capacidad de adaptación. Podía saltar de un sector a otro sin apenas rozamiento. Sin lastres.

    Pero creo que también ha tenido un efecto que hoy empiezo a mirar de frente. Un efecto colateral del que no recuerdo que se hable mucho en el libro.

    En el libro, ese “One” —llamémosle Juan— es alguien con visión, método y nervio. Juan es un ninja. Tiene los códigos de Sión. Controla su negocio de cabo a rabo. Sabe cuándo y cómo delegar. Y selecciona a sus colaboradores como si fueran componentes intercambiables de algún mecanismo con precisión suiza.

    Como sistema, Juan es aparentemente perfecto. Pequeño, eficaz, libre, resiliente. Antifrágil, incluso.

    Pero hay un detalle. Juan no es un sistema. Es una persona (nen). Y como persona, no sólo está sometido a las variaciones del mercado… también a las de su hardware biológico.

    Juan, o Jaime, o quien sea, puede tener días malos. Puede enfermar (aún siendo autónomo). Puede tener familia. Puede cabrearse, estresarse, saturarse o simplemente querer parar. Puede tener un lunes de esos chungos, chungos. Y ahí es donde Company of One se le empieza a quedar corto.

    Porque un sistema centrado en un sólo nodo, por óptimo que sea, es vulnerable. Y si ese nodo se cae… se cae todo. APAGÓN.

    A nadie le gusta un apagón… eso lo hemos comprobado.

    Puede que yo me lo tomara demasiado literal. Tal vez Jarvis sí hablaba de equipos mínimos. En ese caso, retiro mi inquietud. Vuelvo a estar con Paul hasta la muerte.

    Pero si algo me ha enseñado el camino es esto: un sistema, por muy mínimo que sea, necesita gente. No mucha. Pero alguna.

    Juan necesita compañía. No asistentes, ni empleados desafectados. Compañeros. Gente que sepa del camino, que pueda compartir peso, y si hace falta, cargar contigo cuando tú no puedas más. Si te caes solo… mal asunto.

    Claro que eso da vértigo. Pasar de Juan a Juan+1 no es trivial. Es un paso simbólico, y económico. Es comprometerte con tu idea en presente. Dejar de pensar en el proyecto como algo personalizado, a medida, líquido, que puedes modificar a tu antojo en cualquier momento.

    Y no, no significa convertirte en empresario (eso ya lo eras). Significa que tu idea ya no es sólo tuya. Que se comparte. No estoy hablado de socios o porcentajes. Me refiero a que se sostiene en común. Y que eso también tiene su belleza.

    Tras años esquivando ese paso, comienzo a coger la variante. La de sumar. Tímidamente, pero convencido de que es el mejor camino que podría tomar. Hacerlo convencido ya es mucho para mí. Y no por crecer. Lo hago para poder seguir la senda que el proyecto me pide.

    Para sostener un emprendimiento sencillo, útil y bonito… que también pueda superar esos lunes chungos sin despeinarse. Y que, algún día, incluso pueda llamarse empresa sin que eso se sienta como un pesado compromiso.

    A los que ya hicisteis este paso, seguro que un +1 os parece pequeño. Pero yo lo estoy celebrando como si le hubiera ganado un pulso a mi CEO interior. El que no delega, el que lo quiere hacer todo solo. Ese que también soy yo.


    📖 La lección pendiente también habla de esto. De modelos que funcionan… y de otros que no. De lo personal convertido en sistema.Y de cómo, a veces, crecer no es escalar, sino compartir. Si este texto te ha resonado, quizás el libro también te acompañe: 👉 https://amzn.eu/d/9yLHl9k

  • Cestería 101: la asignatura que no existe y que podría haberte cambiado la vida

    Cestería 101: la asignatura que no existe y que podría haberte cambiado la vida

    «No pongas todos los huevos en la misma cesta.»

    No son muchos los dichos del refranero popular español que te animen a hacer. A no confiar o depender de una única opción. Al contrario, este nos aconseja a diversificar riesgos, especialmente en contextos como las inversiones, los proyectos o incluso la vida profesional.

    La idea es clara, por si alguien no la visualiza, si llevas todos los huevos en la misma cesta y esta se cae, los pierdes todos. Repartiéndolos, un revés puntual no lo arruina todo.

    La cultura popular lo tiene claro.

    Y sin embargo, la educación que recibimos, va claramente a contramano.

    Suponiendo que el sistema educativo, y me centro en las fases preuniversitarias y obligatorias, nos diera algunas directrices sobre cómo será nuestra vida laboral, en ningún caso, no hasta la fecha, ni siquiera a un amigo de un amigo, se le han dado indicaciones sobre cómo llevar una vida laboral donde tienes varios trabajos, clientes, pagadores, u ocupaciones.

    No se ha dado el caso. Conjunto cerrado cero.

    Alguien podría incluso sorprenderse. Es bien sabido que debes encontrar un trabajo. Uno. Que satisfazca tus necesidades. Que serán las que puedas pagar con ese salario. A ser posible, para toda la vida.

    De eso sí que hemos oído hablar hasta la saciedad.

    No me malinterpretéis. No, no hay una asignatura en la que el tema se trate así. De frente. No, es el ejemplo, las recomendaciones y las experiencias de los que te rodean en esas épocas y los que te educan. Lo normal. Sólo alterable si en tu entorno familiar había algún anormal que se estuviera planteando la vida de formas poco fiables —léase autónomos, comerciantes, empresarios u ovejas negras varias.

    La educación obligatoria, la que conozco, andaluza y española, con mis limitaciones de alcance y experiencia vital, no sólo no habla del proceso para el que nos prepara: cambiar tiempo y conocimientos por dinero. Tampoco nos muestra, describe o ejemplifica, formas de obtener esos ingresos que no pasen por un empleo estándar.

    Sin duda, estamos desoyendo el saber popular en este caso.

    Mi punto aquí no es que debiéramos provocar una mayor vocación de autónomos. No es lo que busco. Lo que creo que sería beneficioso sería educar en la visión de que sufragar nuestras vidas puede conseguirse muchas formas diferentes, alternativas o complementarias a la opción de trabajar para un tercero, desempeñando una labor concreta.

    Después de todo, el mercado laboral tampoco es el mismo. Y no me refiero a cambios recientes precisamente.

    En el libro The Fifth Age of Work de Andrew M. Jones, en el prólogo, Toni Bacigalupo decía lo siguiente:

    En Nueva York, en el espacio coworking que gestiono, no es extraño que un miembro esté trabajando en una docena de proyectos diferentes al mismo tiempo. Si le pides a alguien una tarjeta de negocios, muy probablemente tendrá que rebuscar entre un taco de tarjetas para encontrar la ‘marca’ apropiada para la situación en concreto. Una misma persona podría identificarse como fundador de una startup, teletrabajador, empresario, propietario de un pequeño negocio y artista… y no estar tomándonos el pelo. Y si te diriges alguno de estos profesionales y le dices lo extraordinario que es lo que hace, probablemente sólo se encoja de hombros… Bienvenido al nuevo modelo de trabajo independiente de hoy día.

    Eso era en 2013, pasaba en Nueva York, pero también sucedía en mi coworking en Sevilla en aquel entonces.

    12 años después…

    La realidad que describía está mucho más presente. Más normalizada. Y, sin embargo, la educación sigue siendo muy similar a la de entonces en lo referente a anticipar la realidad fuera del ámbito académico a los estudiantes.

    Como diría Krahe, no todo va a ser “criticar”… y habrá que trabajar también. Aquí mis cinco céntimos…

    Desde hace años, comentando este asunto, acabo diciendo que habría que crear ese espacio, un taller, un seminario, una asignatura, un evento… reservar un tiempo para reflexionar sobre esto. Yo lo llamo la asignatura de Cestería (laboral o vital) y el siguiente sería un borrador del temario:

    1. Tipos de ingresos: activos, pasivos, variables, residuales. Qué significan y cómo se combinan.

    2. Modelos de vida profesional: autónomo, empleado, freelance, emprendedor, inversor, rentista, creador de contenido, etc.

    3. Identificación de habilidades monetizables: cómo traducir tus capacidades en posibles servicios o productos. ¿Qué valor puedes generar? Ocupaciones más rentables.

    4. Economía del conocimiento: cómo funciona el mercado de ideas, formación, mentoring, divulgación. ¿Qué necesitas estudiar/hacer para vender X?

    5. Diversificación vs. dispersión: cómo tener varias líneas sin perder el foco ni agotarte.

    6. Gestión de tiempo y energía en modelos con múltiples fuentes de ingreso.

    7. Presupuestos y finanzas personales para estructuras complejas: cuando no hay una sola nómina.

    8. Fiscalidad básica multifuente: qué hay que saber si emites facturas, vendes productos o generas royalties.

    9. Marca personal y reputación profesional: el hilo que puede unir tus cestas.

    10. Gestión emocional del cambio y la incertidumbre: claves para no entrar en pánico cuando una fuente falla.

    11. Diseño de portfolios de proyectos vitales: ver tu vida laboral como una constelación, no como una línea recta.

    12. Mapas de roles y trayectorias laborales híbridas: cómo visualizar tus caminos posibles. Diseño consciente de jubilación.

    ¿Te imaginas?

    Poder asomarte a esto entre los 14 y los 18 años. Una realidad que te espera sólo unos pasos más adelante y de la que nadie te ha hablado.

    Eso sí. Decide qué vas a estudiar cuando acabes la secundaria. Date prisa. Elige. ¡Ya!, (luego veremos si la Selectividad o la nota de corte te acompañan).

    Decidir, sin conocimiento, no suele llevar a ningún sitio bueno. No es difícil entender que haya tantas personas que quieran separar lo laboral de lo personal, si no pudieron decidir conscientemente. O si no les mostraron que podrían vivir de múltiples maneras. Que no sólo se puede tener UN trabajo, sino que podemos desarrollar VARIOS roles. Varias vías. Varios modos. Varios estilos para ser y vivir.

    Yo tardé en interiorizar lo de los huevos y las cestas. Actualmente es mi día a día y no creo que pudiera vivir de otro modo. No obstante, sin duda, unos días de Cestería antes de la universidad, me habrían iluminado mucho antes parte del camino que luego tuve que recorrer a ciegas.

    ¿Y a ti?


    La lección pendiente también habla de esto.

    De las cestas que nadie nos enseñó a tejer. De todo lo que debería estar en el currículo y no está. De pensar la vida (y el trabajo) con más preguntas que respuestas.

    Si este ensayo te ha resonado, quizá el libro también te acompañe. 📖 https://amzn.eu/d/9yLHl9k

  • ¿Te lo escribo o te lo cuento?

    ¿Te lo escribo o te lo cuento?

    Hoy he desayunado con dos amigos. No debería ser algo extraordinario. Pero hoy lo ha sido. Porque, entre otras cosas, he podido dedicarles mi libro, La lección pendiente, y eso ha convertido el desayuno en algo simbólico para mí. De esas pequeñas vivencias con sentido que cierran un círculo.

    Uno de ellos, Carlos, aparece seguro en el capítulo sobre que te paguen por pensar (pay per think). Probablemente, también en algún otro pasaje que no recuerdo. El otro, Juan Manuel, fue el primer autor que conocí en persona que me regaló su libro. Él no lo recordaba, pero hoy, más de 14 años después, he podido devolverle el gesto. Yo que nunca me sentí autor. Hemos hablado de escribir. De ese ejercicio íntimo y personal, pero también social y comunitario. De cómo la escritura nos construye por dentro, pero también nos entrelaza con los demás.

    Con Carlos —y también con su padre, Rafael— aprendí a escribir de otra forma. No ficción. Sino memorias, proyectos, actas killer. Textos minuciosos, técnicos, eficaces. Llenos de sentido e intención. Sin florituras, pero con poder. Aprendí que en las reuniones uno puede levantar la voz, usar metáforas brillantes, hacer piruetas argumentativas… pero al final, la palabra escrita, es la última palabra. Tal vez por eso le he tenido tanto respeto a escribir. Porque el que escribe, deja constancia. Y la constancia no siempre se lleva bien con la incertidumbre. Y otra cosa no, pero a mí lo de dudar sobre cualquier tema puede ser mi mayor pasatiempo involuntario.

    También esta semana, ayer mismo, participé en una reunión donde se habló largo y tendido. Elaborado. Complejo. Pero sin soporte. Las ideas quedaban en el aire, como nubes que se entremezclaban sin que su suma llegara a ser conclusión. Estuve a punto de sacar un papelógrafo y poner orden visual a las voces. No lo hice. Y no sé si arrepentirme. Pero sé que habríamos llegado antes… y que hoy tendríamos un mapa para volver a recorrer esa conversación (y esos pensamientos). Lo no escrito se disuelve. Lo escrito se relee.

    De nuevo hoy, en el almuerzo, antes de clase, hablábamos de ChatGPT y de cómo, cada vez más, le estamos escribiendo cosas que antes no llegábamos ni a pronunciar en voz bajita. Personalmente, tengo un proyecto abierto sólo para hablarle sobre mí mismo, enfocado en mi desarrollo personal y profesional. Lo uso como diario, como espejo, como confesionario. No porque me dé respuestas —que a menudo sí y buenas— sino porque escribirle me obliga a ordenarme por dentro. A verbalizar. A reconocer.

    Pensé en esos diarios guiados de gratitud o reflexión tan de moda en los últimos años (físicos o digitales). En las preguntas de autoconocimiento. En todo ese movimiento de sacar lo que llevamos dentro, no para exhibirlo, sino para entenderlo. Para hacerlo visible.

    Recordé a Kahneman y su libro: Pensar rápido, pensar despacio. Su distinción, simplicando mucho, entre el Sistema 1 (rápido, automático, emocional) y el Sistema 2 (lento, deliberativo, lógico). Y comprendí por qué escribir es tan importante: nos obliga a activar el Sistema 2. A razonar, matizar, dudar, aclarar, reorganizar. A ponerle palabras a lo que sentimos, pero también a lo que queremos construir.

    En varias ocasiones me dijeron eso de “¿Por qué no escribes como hablas? Seguro que quedará bien”. Lo probé. Utilicé las herramientas de dictado. Y descubrí mis trampas. Mis atajos. Mis incongruencias. La voz suena bien hasta que se convierte en letra y se enfrenta a la relectura. Lo hablado puede seducir. Lo escrito se somete a juicio. De ahí la dureza de escribir. Y de ahí, su gran valor.

    Escribir no es sólo para «autores». Es una herramienta universal. Para pensarse. Para leerse. Para hablarle a una IA, a un amigo, a uno mismo o al mundo entero. Es un músculo. Y como todo músculo, se desarrolla con esfuerzo. Pero también te puede sostener cuando necesitas estructura, o cuando buscas luz entre las sombras.

    Me pregunto si habrá mucha gente viviendo en modo Sistema 1 constante. Si les cuesta pasar al 2. Si escribir no sólo les parece innecesario… sino inaccesible. Y si, quizás por eso, muchas veces nos chocamos contra tanta sin razón.

    En mi caso, obligarme a escribir ha sido un camino de resistencia. No por disciplina, sino por necesidad. Aún no diré que lo disfruto (me gustaría llegar a hacerlo). Pero sí puedo decir que escribir me ayuda a recuperar lo que la velocidad me quita. Cuando vivo demasiado rápido, intento escribirlo. Para ver qué me quería decir esa experiencia que aún no he entendido.

    Y en el fondo, creo que todo esto es una forma de mapearme. De pasar por la vida con un cuaderno invisible donde intento entender lo que siento, lo que pienso… y lo que el mundo me está contando.

    Porque sí. A veces, prefiero contártelo. Pero casi siempre, necesito escribirlo.


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  • ¿Quién me ha robado el lunes?

    ¿Quién me ha robado el lunes?

    Ayer no escribí. Y me molesta. Me tiene trastocado.

    Porque yo soy de los de «¡por fin es lunes!». No por llevar la contraria, sino porque me gusta cuando la semana arranca. Me gusta esa sensación de hoja en blanco, de impulso, de posibilidad. De nuevas oportunidades. No por descartar lo anterior sino por darle un poquito más de ritmo a la cosa. Por eso, cuando no puedo aprovecharlo, siento que me han robado algo. Como Sabina con el mes, pero con a mí con una planificación semanal.

    ¿Quién me ha robado el lunes? Lo guardaba en el cajón donde guardo las gnas. La intención. El equilibrio.

    Hace años, en mi Erasmus en Milán, descubrí el concepto de settimana corta: alquilar una habitación sólo de lunes a viernes. Era algo normal allí, que me resultó sorprendente. Era un acuerdo para vivir a medias: ser una persona de lunes a viernes, y otra distinta el fin de semana. Para mí, el espacio que habito, tiene una gran influencia en mis rutinas, comportamientos, relaciones… Por lo tanto, aquello me pareció como un contrato de doble vida, perfectamente aceptado. Normalizado en una metrópolis de 1,36 millones de habitantes.

    Me recordó a quienes «jornalean» en otra ciudad y regresan a casa sólo para dormir en ella los fines de semana. Tal vez práctico. Pero también esquizofrénico. Me preguntaba si esas personas se sentían divididas. Si había algo en esa forma de vivir que les pudiera provocar cierto desgaste de ese que no se ve.

    A mí me pasó algo parecido cuando estudiaba los primeros años de carrera en Sevilla pero volvía a Córdoba los fines de semana. Era yo, claro. Pero no el mismo. Tenía comportamientos distintos, energías distintas, tonos distintos. Y no me gustaba. Me esforcé por hacerme coherente ambos sitios. Lo hablé en casa, con familia y amigos. Ahora que lo pienso, fue una decisión de supervivencia emocional. Como evitar el cambio de mi materia para no gastar más energía en el tránsito de un estado a otro.

    Por eso, cuando oigo «por fin es viernes», no puedo evitar sentir una pellizquito. No por juicio, sino por empatía. Porque ese «por fin» suena a huída. A respiro que no debería ser excepcional. A alivio que se ha vuelto rutina. Como si cinco días de la semana no pertenecieran a la misma vida.

    Y por eso, no es que me enfade, pero me da coraje no haber podido vivir mi lunes en paz. Porque ayer se desbordó. Entre lo laboral, lo personal, lo invisible y lo urgente. Porque no hubo rastro de equilibrio con el fin de semana previo, ni con este martes que he empezado más atribulado de lo que me gustaría.

    Hoy intento practicar un taichi figurado con esa bola invisible que vino cuesta abajo. No quiero que me pase por encima. Quiero absorber su inercia, amortiguar el golpe, redirigirla. Porque mi objetivo no es tener días buenos y malos, sino una semana entera vivida desde el mismo eje. Con picos, claro. Pero sin montañas rusas innecesarias. Ya hubo suficiente Feria la semana pasada…

    Ya sé que alguien dirá que la vida es así, que hay altibajos. Y tiene razón. Pero si gasto energía en algo, que sea en aprender a nivelar. A disfrutar de cada día, sea lunes, viernes o domingo.

    Hablaremos otro día de las depresiones dominicales. Hoy sólo quería recuperar mi lunes. Aunque ya sea martes.


    Este tipo de reflexiones —sobre lo que sentimos pero no siempre nombramos, sobre cómo habitamos el tiempo, el trabajo y las emociones— son también parte de La lección pendiente. Un libro que no busca darte respuestas, sino invitarte a mirar distinto. A juntar las piezas. A vivir los lunes… y los demás días, con algo más de sentido.

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  • Introspección y Propósito

    Introspección y Propósito

    Viernes raro. Semana rara. Hay varias de estas en el año. Algunas provechosas, otras, cascarón de huevo. Aún no tengo claro cómo clasificar esta.

    Salvando las anomalías, el desayuno ha vuelto a ser, como tantas veces, un espacio más productivo de lo que podría esperarse.

    Una terraza con tostadas y café donde la conversación se asoma a lo esencial. Hablábamos de educación. De emprendimiento. Y siempre, de una nube de conceptos entrelazados que conectan lo personal con lo laboral y lo íntimo con lo social.

    Reflexionamos sobre la importancia del hecho de habitarse, de conocerse, antes de enseñar o emprender. No sé si como paso previo o como ingrediente base en cualquier receta. Hablamos sobre que todo empieza por dentro. Y sobre que la introspección —esa palabra que suena a retiro espiritual y a silencio incómodo— es quizás la herramienta más valiosa que tenemos para entender la vida que llevamos… y la o las que podríamos llevar.

    Mirada interior que se dirige a los propios actos o estados de ánimo.

    ¿Cómo eliges sin conocerte? ¿Cómo educas, cómo emprendes, cómo te relacionas, cómo decides? ¿Cómo sostienes lo que haces si no sabes desde dónde lo haces?

    De ahí a hablar del propósito había sólo medio sorbo. Un término que se ha desgastado en discursos motivacionales y en memes de Instagram, pero que sigue señalando una necesidad real: saber por qué haces lo que haces. Y, si no lo sabes, al menos preguntártelo.

    Siempre con matices. El propósito no es una iluminación definitiva. No es una verdad revelada que te llega a los 25 (o cuando te llegue) y te acompaña como un ángel de la guarda hasta el final. El propósito —si es que existe— debe ser algo transitorio, ¿no? Si asumimos el cambio como algo permanente y constante… el propósito también debería modificarse con los años, con los duelos, con los hijos, con las noches en vela y los aprendizajes. Tendría que cambiar cuando tú cambias.

    Más que una meta, donde llegar y sentarse, el propósito, a mí me sabe a brújula. Una que no apunta al norte sino hacia dentro. Una dirección misteriosa, difícil de ver en el mapa. Una pregunta que no se responde con palabras, sino a golpe de decisiones.

    Está claro que tiene implicaciones laborales (es dónde más se suele hablar del tema). Pero también personales. Y familiares. Y sociales. Porque cuando actúas desde lo que realmente te mueve —aunque no puedas nombrarlo bien, aunque no encaje en una frase bonita—, todo adquiere otra densidad. Lo que haces pesa más. También el modo en que esas acciones se conectan contigo.

    Cuando no hay un hilo que seguir, cualquier cosa tira de ti. Las urgencias de fuera ocupan el espacio de las preguntas de dentro. Vivimos haciendo, sin saber para qué. Y eso… cansa más que el trabajo.

    Eso que llamamos propósito podría no ser más que una intuición transitoria sostenida. Un hilo que seguimos. Una coherencia frágil pero luminosa, en cuya ausencia todo se oscurece.

    Conste que para mí, el mío, es una colección de sospechas y no me preocupé por él hasta bastante tarde. No sería capaz de retratarlo. Tal vez sí de acorralarlo. Puedo percibirlo como un vector de movimiento dentro de una nube de puntos. Algo es algo… he podido estar mucho más perdido.

    A falta de tener la certeza de haberlo encontrado, creo que no hay camino más directo que mirar dentro. No con obsesión, pero sí con honestidad. No con la intención de tener todas las respuestas, sino con el coraje de no ignorar las preguntas y superar el interrogatorio. Sin trampas.

    Es una fantástica manera de tomar consciencia de nuestros sesgos y de nuestras razones para hacer. Afecten éstos y éstas al modo en el que enseñamos o a los compromisos laborales o emprendimientos en los que nos embarcamos.

    Así que sí: hoy ha sido viernes. Un viernes raro, de semana extraña, en una ciudad compleja. Pero también un viernes con sentido. Porque a veces, entre tostadas y cafés con hielo, aparecen las preguntas que importan. Y eso ya le da sentido a cualquier día, por muy atípico que sea.


    BONUS TRACK:

    Me he animado a hacer una cancioncita sobre el tema: https://ilovesong.ai/work/5280356-7c14a889-cd7f-4c72-a56a-9b0986c572c2


    En La lección pendiente he reunido un puñado de ensayos reflexivos y divergentes, mezclando educación y emprendimiento. Si te ha diviertido esto, puede que también te divierta eso: https://amzn.eu/d/bBTAadq

  • ¿Irías a la Feria de Sevilla si fuera online?

    ¿Irías a la Feria de Sevilla si fuera online?

    ¿Tienen sentido los eventos físicos en la era digital?

    Ya, ya… está claro… pero déjame que lo diseccione un poco…

    ¡Escalpelo!

    Volviendo de la Feria de Sevilla voy preguntándome: estando en un mundo donde (casi) todo puede hacerse online… ¿cuáles son los alicientes de juntarnos en un sitio físico, a una hora concreta, con personas de carne y hueso?

    La Feria, al fin y al cabo, es uno de los eventos más masivos, caóticos y socialmente densos del año. Nada de streaming. Nada de newsletters. Nada de “ahora me conecto”. Si quieres participar, hay que estar. Literal y físicamente. Con los pies en el albero, el cuerpo en la caseta, el ánimo, la etiqueta, el abrazo y la presión del ambiente.

    Una compleja combinación de variables en la que debe estar la clave.

    Tomo de punto de partida que los eventos físicos no se hacen con el único objetivo de informar (tal vez alguien si los haga para eso). Se hacen para conectar. Para construir comunidad desde lo tangible. Para tejer relaciones que se alimentan de matices imposibles de capturar por escrito: un gesto, un tono, una pausa. El famoso “pasilleo” de los congresos que justifica la asistencia, las conversaciones entre acto y acto, entre copa y copa, que no salen en el acta ni en el WhatsApp.

    El valor del cuerpo presente

    ESTAR, no se puede digitalizar. Estar presente. Estar disponible. Estar atento. No repartido entre pestañas, hilos o chats. No detrás de una cámara apagada. Sino realmente allí. Escuchando. Mirando. Compartiendo el mismo aire.

    Lo digital permite ampliar horizontes, trabajar con personas de todo el mundo y compartir conocimiento con más eficiencia que nunca. Pero hay un punto en el que lo digital, por muy útil que sea, se vuelve plano. Inodoro. Insípido. Sin textura. Sin conflicto. Sin contradicción. Y sin contradicción, no hay vínculo profundo.

    Los eventos físicos, por el contrario, te confrontan con lo imprevisto. Con lo incómodo. Con lo inesperado. Te sacan de tu burbuja. Te mezclan. Te hacen rozarte —en todos los sentidos— con lo humano.

    Son una oportunidad EN DIRECTO para ser y desarrollarte. Lo que sucede no se puede dejar en no leído. Esto es un problema para el que puede no tener las cosas claras pero, al mismo tiempo, es una propuesta de valor impagable para el que está intentando entender y evaluar a los demás, por el motivo que sea (contratación, colaboración… confianza)

    Community building: el arte coser vínculos

    En mi experiencia como organizador de eventos (perdí la cuenta al pasar el millar), he tenido la suerte de ver de todo. Eventos masivos con luces y escenario. Encuentros íntimos en salas de reuninón o bares. Talleres intensos y ferias abiertas. Y siempre se repite lo mismo: lo importante pasa entre lo planificado.

    Bueno, no sé si «lo importante» es preciso. Tal vez, lo que resulta relevante. Diferenciador. Aquello que no te podrías haber llevado si la actividad compartida hubiera sido en otro formato.

    Lo importante pasa cuando dos personas se quedan hablando mientras recogen las sillas. Cuando alguien se acerca tras una ponencia y dice: “Eso que dijiste… me pasó a mí también”. Cuando alguien decide volver a venir la próxima vez, no por el contenido, sino porque se sintió parte de algo.

    Por fortuna, eso es algo que nos sucede muy a menudo en los Startup Weekends y los Silicon Drinkabouts (entre otros eventos). Pasan cosas que nadie esperaba y que, sin embargo, son las que provocan que algo no planificado pase en el futuro.

    Lo de “sentirse parte de algo” no se puede descargar. No se puede ver en diferido. Hay que vivirlo.

    Y eso requiere espacio, tiempo y presencia.

    Marca personal tangible

    Para los que la marca personal se ha convertido en una tarea recurrente, el evento físico tiene además un valor fundamental: mostrar lo que no cabe en un post. No eres sólo lo que publicas. Eres cómo llegas, cómo saludas, cómo escuchas. Cómo tratas al resto de participantes. Cómo te vas.

    Tu energía se percibe. Tu coherencia también. No hay storytelling que compita con eso. Y tiene más peso que un puñado de artículos de estos en Linkedin.

    En redes puedes editarte. En persona, no hay margen. Y eso es bueno. Porque genera confianza. Porque cuando alguien te conoce en vivo, confirma (o no) lo que proyectas online. La marca personal no es sólo contenido, es también presencia.

    La serendipia que te llevas

    Las experiencias en vivo y en directo generan un tipo de contenido que no se diseña, ni se programa, ni se publica. Pero que vale oro.

    Aquello que ocurre cuando alguien te hace una pregunta que nunca te habías planteado. Cuando una charla te enciende una idea que no habría aparecido de otro modo. Cuando ves cómo otros hacen y eso te inspira a hacer distinto. Es el contenido invisible. El que no puedes guardar, pero se te queda pegado gracias a la serendipia del evento cuyo combustible es el tiempo.

    Algo que sólo ocurre en los eventos físicos.

    Entonces… ¿por qué seguimos haciendo eventos?

    Yo creo que, aunque en ocasiones nos puedan parecer ineficientes, lentos o analógicos… son profundamente humanos.

    Porque hay aprendizajes que necesitan contexto, atmósfera, mirada compartida. Deben ser inmersivos. Como el curso de inglés en Londres o el taller de cocina con las manos en la masa.

    Hay una gran descarga de información en lo emocional. Y no es algo que podamos exportar en PDF.

    Y sí: porque necesitamos que nos vean. Que nos escuchen. Que nos huelan. Que nos digan «se a qué te refieres aunque no lo sepas explicar (verbalmente)» o “yo te conozco, pero de verdad”. Que nos inviten a una conversación que empieza en lo profesional y acaba siendo otra cosa.

    Otro día habría que hablar de las sobremesas…

    La Feria es un buen ejemplo. El evento físico sigue siendo el mejor espacio para que pasen cosas que no estaban previstas.

    Y para quienes trabajamos creando experiencias, conexiones y cultura emprendedora, eso no es un detalle menor. Es la clave misma para que lo que hacemos, funcione.

    En una época de digitalización extrema, el encuentro físico es lo verdaderamente disruptivo.


    Esto y muchas otras ideas que no deberían caber en una reunión de Zoom… están en La lección pendiente. Un libro raro, como un congreso sin networking, pero lleno de cosas que ojalá se hablasen más. Te dejo el enlace por si quieres echarle un vistazo: 📖 https://amzn.eu/d/9yLHl9k

  • Feria y Networking: cuando el rebujito conecta más que LinkedIn

    Feria y Networking: cuando el rebujito conecta más que LinkedIn

    La Feria de Sevilla no nació como una fiesta.

    En 1254, Alfonso X el Sabio otorgó a la ciudad el privilegio de celebrar dos ferias anuales, una en abril y otra en septiembre, con el objetivo de dinamizar el comercio local tras años difíciles. Siglos después, en 1846, los concejales José María Ybarra y Narciso Bonaplata propusieron al Ayuntamiento recuperar estas ferias, y en 1847 se celebró la primera Feria de Abril en el Prado de San Sebastián.

    La de septiembre tal vez habría que recuperarla también, ¿no? 🙂

    Desde entonces, la Feria ha evolucionado, pero su esencia como punto de encuentro se mantiene. Hoy, entre sevillanas y rebujitos, sigue siendo un espacio donde se tejen relaciones personales y profesionales.

    En las casetas, las conversaciones fluyen sin la rigidez de una sala de reuniones. No hay tarjetas de visita, pero sí reencuentros que pueden derivar en colaboraciones futuras. Es un recordatorio de que el capital social se construye también en entornos informales, donde la autenticidad prevalece sobre la formalidad.

    Hoy, más de 175 años después, las reses han dado paso a las luces de colores, al albero y al “¿nos vemos en la caseta?”. Pero la esencia permanece: la Feria sigue siendo un lugar para el encuentro, para hacer relaciones, para detectar oportunidades. Sigue siendo, en el fondo, un enorme espacio de networking. A veces, basta con estar presente, compartir una conversación sincera y dejar que las conexiones surjan de manera natural.

    Si giramos un poquito de lado la cabeza y entornamos los ojos, podríamos ser capaces de identificar comportamientos que nos podrían recordar a algunas competencias básicas del EntreComp. Sé que soy muy friki con el tema pero, permíteme que te deje mis gafas:

    Identificar oportunidades

    Sí, hay farolillos. Sí, hay rebujito. Pero más allá del catavino verá también otra cosa: ideas en movimiento. A veces no hace falta una pizarra blanca, basta con una conversación en el albero. Proyectos que se mencionan al paso, propuestas que surgen con una jarra compartida, colaboraciones que se insinúan entre sevillanas. La Feria es una incubadora social donde se detectan tendencias, se cruzan mundos y, si estás atento, se te podría enceder alguna bombillita.

    Tomar la iniciativa

    Lo más difícil muchas veces es acercarse. Romper el hielo. Atreverse a decir “¿tú no eras fulano del evento aquel?”. Pero en Feria todo es más fluido. Quizás por la cercanía, tal vez por el compás o puede que porque el contexto lo pone fácil. Sea como fuera, aquí tomar la iniciativa es una habilidad que se puede practicar sin presión. Y sin que nadie te mire raro por hacerlo (depende de cómo vayas…). Se trata, simplemente, de atreverse a abrir conversaciones con intención, aunque el traje sea de flamenca.

    Gestionar la incertidumbre

    La Feria es todo menos previsible. Quedas con alguien y se cruza con tres conocidos antes de llegar. Te dicen “voy pa’ allá” o «estoy llegando» y aparecen dos horas más tarde. Pero eso también es parte del juego. Y como en la vida profesional, la incertidumbre aquí no se evita: se capea. Saber adaptarte, leer los tiempos, fluir con lo que sucede y aprovechar lo inesperado… es una coreografía que muchos profesionales deberían ensayar más a menudo.

    Movilizar a otros

    ¿Sabes quién tiene la caseta perfecta? ¿Quién conoce a esa persona con la que llevas meses queriendo hablar? ¿Quién te presenta a alguien con quien compartes interés sin saberlo? Exacto: ese amigo, familiar, compañero o colega que se convierte en nodo entre realidades. En la Feria, movilizar a otros no pasa por grandes discursos, sino por pequeños gestos: un “vente”, un “te presento a…”, un “tenéis que hablar”. Son dinámicas naturales, pero con un potencial brutal si sabes practicarlas.

    Trabajar con otros

    En Feria no se trabaja… ¿seguro? Porque moverse en grupo, llegar a acuerdos informales, cuidar los tiempos de cada quien, adaptarse a los ritmos colectivos y, sobre todo, saber disfrutar sin perder el foco, también es trabajo. Trabajo blando. Trabajo emocional. Trabajo colaborativo. Y es justamente el que muchas veces más falta hace cuando queremos construir comunidad o avanzar profesionalmente.

    ¿Qué podemos sacar de esto?

    Que no hace falta llamar “networking” a algo para que lo sea. Que la productividad no siempre es gris. Que hay contextos, como la Feria, donde lo personal y lo profesional se dan la mano —literalmente— y, cuando eso ocurre, el aprendizaje es otro. Más sutil, más relacional, más humano.

    La Feria también es productividad. Solo que disfrazada de lunares.

    Y que sí: la Feria también educa. No con apuntes, sino con experiencias. No con PowerPoints, sino con conversaciones reales. Si le aplicas mirada emprendedora, te darás cuenta de que durante una semana al año, Sevilla se convierte en el congreso más alegre del mundo.


    En La lección pendiente encontrarás muchas más reflexiones sobre cómo el emprendimiento —y el aprendizaje que lo acompaña— aparece en los lugares más insospechados: en un aula, en una sobremesa, en un campamento scout o incluso en una película. Porque emprender, al final, es una forma de mirar. Y está en todas partes, si sabes dónde enfocar. Puedes encontrar el libro en Amazon y sumarte a la conversación.

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  • Síndrome del impostor: un libro para perderle miedo. Palabra a palabra.

    Síndrome del impostor: un libro para perderle miedo. Palabra a palabra.

    Hoy voy a contar una historia que empieza con miedo y acaba con un libro: La lección pendiente.

    Durante años, escribir fue sinónimo de pánico, agobio e incomodidad. Fuera el papel o la pantalla en blanco me devolvía siempre un reflejo molesto y ansioso: el del síndrome del impostor que bloqueaba mis teclas y trazo. Mis textos nunca estaban suficientemente acabados; para protegerme, desplegaba tecnicismos y lenguaje académico que me intentaba dar algo de seguridad sin demasiado éxito. Un «estilo» que más que comunicar, me ocultaba. Ni siquiera durante mi etapa en Nativo Social (agencia de social media), con el Sunrise Blog Club (evento matutino para blogueros), conseguía soltarme y escribir con verdadera fluidez y libertad.

    Sin embargo, los años de profesional inquieto me mostraron algo que no me apetecía ver: ni las fotos ni los vídeos de los eventos profesionales que organizaba tenían el mismo impacto duradero que la palabra escrita. Entendí entonces, muy a mi pesar, que para construir realmente marca personal no bastaba con «hacer». Tenía que explicar el porqué, reflexionar sobre cada experiencia y compartir aprendizajes. Exponerme. Concluí entonces que la mejor inversión, por lo tanto, era reconciliarme con la escritura. Era hora de juntar palabras y enfrentarme a mi resistencia más profunda.

    Paradójicamente, lo pienso a menudo, esta decisión iba totalmente en contra de esos consejos tan frecuentes que escuchamos:

    «Enfócate en lo que eres bueno y olvídate de lo demás».

    No seguí esa lógica; al contrario, me lancé precisamente hacia lo que peor se me daba. ¿Error o acierto? Aún no lo tengo claro.

    Entre mis defectos abulta también la «titulitis», debe ser algo generacional o familiar, por lo que decidí enfrentar el reto mediante un curso de escritura. Así calmaría un poco la ansiedad obteniendo un título por el que, al menos simbólicamente, otra persona validase el esfuerzo y los supuestos conocimientos adquiridos. Y fue precisamente en ese curso donde descubrí el ensayo gracias a Carlos Castro Rincón y su Pantógrafo: un formato abierto, sin la obligación de llegar a conclusiones definitivas, perfecto para explorar y pensar desde diferentes ángulos. Aunque debo reconocer que esa ausencia, opcional, de conclusiones cerradas aún me genera cierta incomodidad.

    Tras el curso, decidí continuar con Carlos y vino un proceso intensivo de provocación, acompañamiento y supervisión que me mantuvo escribiendo semanalmente durante más de un año y medio. Hubo piezas aceptables, otras muchas mediocres, pero poco a poco acumulé más de medio centenar de ensayos. Y sucedió algo curioso: comenzaron a aparecer conexiones entre ellos, un universo temático que parecía cobrar sentido colectivo. ¿Podía ser aquello realmente un libro?

    Sin confiar mucho en aquella intuición, opté por el camino de «Juan Palomo»: autoedición pura y dura. Me lancé a aprender Affinity Publisher, mapeé ensayos, organicé estructuras, luché con sangrados, tipografías y márgenes en KDP. Fue exasperante y divertido a partes iguales.

    Lo sorprendente para mí, que suelo tener habilidad para anticiparme a los hechos, es que este proceso fue emocionalmente muy complejo. Me trajo sensaciones que nunca podría haber adelantado. Hoy, esas 200 páginas de mí circulan por ahí, conversando con desconocidos. Es una sensación extraña que todavía no consigo integrar, pero me alegra profundamente haber dado ese paso.

    Haber enfrentado voluntariamente esa incomodidad y haber cambiado mi actitud hacia la escritura es algo que valoro muchísimo. Soy consciente de lo que me ha costado. Además, el proceso me obligó a una introspección constante, revelando aspectos de mí mismo que nunca antes había observado y que sin duda darán para futuros escritos.

    Ahora, sabiendo lo que implica escribir y publicar, puedo decir que reincidir es posible. Porque ya lo hice una vez, ensayo a ensayo, ladrillo a ladrillo. Y aunque siga siendo difícil expresar mi opinión por escrito, sé que este esfuerzo merece la pena. El resultado, hoy puedo asegurarlo, ha valido cada instante de inseguridad.

    Ahora que el libro existe más allá de mí, comienza un nuevo diálogo. Una conversación abierta, algo incierta, con quienes lo lean. Este proceso me ha enseñado que escribir, como vivir, implica aceptar cierta incertidumbre. Quizás el síndrome del impostor no desaparezca del todo, pero hoy sé que puedo invitarlo a sentarse a mi lado mientras sigo jugando con las palabras.


    Si algo de esto resuena contigo o te ves reflejado en este viaje, quizá encuentres en las páginas de La lección pendiente ideas, preguntas o respuestas inesperadas. Puedes conseguirlo en Amazon y acompañarme en esta conversación abierta. ¿Te animas a leerlo?

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  • La lección pendiente no lleva ni un mes publicada.Y ya me ha regalado más de lo que podía imaginar.

    La lección pendiente no lleva ni un mes publicada.Y ya me ha regalado más de lo que podía imaginar.

    Esta Semana Santa, entre torrijas, familia y alguna que otra desconexión , me han llegado varios mensajes. De lectores. De personas que han leído el libro y han querido compartir lo que les ha removido, lo que les ha respondido, lo que les ha hecho reír o, simplemente, acompañar.

    Personas que no conocía.
    Personas que sí.
    Personas que me han dicho “me he emocionado”, “me ha hecho pensar” o “me lo he leído en dos tardes”.

    Gracias.

    Gracias por leerlo. Por regalarme vuestras palabras. Por dejarme entrar un ratito en vuestra cabeza, en vuestro día, en vuestra historia.

    Soy autor novel. No tengo ni idea de cómo va esto. No sé qué esperar, qué es mucho, qué es poco.

    Pero si sigue siendo así… si cada semana alguien me cuenta que el libro le ha servido para algo…

    Entonces todo —cada noche escribiendo, cada duda, cada corrección, cada ensayo que no acababa de cuadrar— habrá merecido la pena.

    Escribir es lanzar una piedra al agua. Ver las ondas no siempre es fácil. Pero estos días, gracias a vosotros, las estoy viendo. Y me siento muy agradecido.

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  • ¿Formar para ayer? ¿o para mañana?

    ¿Formar para ayer? ¿o para mañana?

    ¿Y si emprender no fuera sólo una cuestión de montar empresas, sino de cultivar las habilidades que más van a importar en el futuro?

    En la gráfica del World Economic Forum sobre las “Core Skills for 2030” lo deja claro: lo que más van a valorar las empresas no es sólo saber de tecnología, sino saber pensar, conectar, adaptarse y aprender.

    Lo más demandado en 2030 se parece mucho a los pilares y competencias trabajadas en la Educación Emprendedora.

    Entre esas competencias aparecen joyas como:

    • 🤓​ Pensamiento analítico (entender el problema antes de resolverlo)
    • 🔍​ Curiosidad y aprendizaje continuo (emprender como forma de aprender)
    • 💪 Resiliencia y flexibilidad (pivotar no es fallo, es evolución)
    • 👉 ​​Liderazgo y conciencia de uno mismo (liderar con propósito, no con ego)
    • 👂 Empatía y escucha activa (sin cliente, no hay propuesta de valor)
    • 🧠​ Pensamiento sistémico (ver el bosque y no solo los árboles)

    🏛️​ Pilares de cualquier programa serio de Educación Emprendedora.

    Emprender no debe verse sólo como crear empresas. Es crear futuros posibles. Es aprender a vivir, a decidir, a imaginar, a fallar y a volver a intentarlo con otra mirada.

    La pregunta no es si el emprendimiento debe estar en las aulas.

    La pregunta es: ¿cómo podemos permitirnos no enseñarlo?

    Si estás enseñando emprendimiento, estás enseñando el futuro. Y si no lo estás haciendo aún… en Teachabiz – Educar para Emprender estamos para ayudarte.

    🌱 Y si te apetece una lectura diferente, provocadora y honesta sobre todo esto, puedes empezar por La lección pendiente. Disponible ya en Amazon: https://amzn.to/3J7Yw3K

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