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  • ¿Te lo escribo o te lo cuento?

    ¿Te lo escribo o te lo cuento?

    Hoy he desayunado con dos amigos. No debería ser algo extraordinario. Pero hoy lo ha sido. Porque, entre otras cosas, he podido dedicarles mi libro, La lección pendiente, y eso ha convertido el desayuno en algo simbólico para mí. De esas pequeñas vivencias con sentido que cierran un círculo.

    Uno de ellos, Carlos, aparece seguro en el capítulo sobre que te paguen por pensar (pay per think). Probablemente, también en algún otro pasaje que no recuerdo. El otro, Juan Manuel, fue el primer autor que conocí en persona que me regaló su libro. Él no lo recordaba, pero hoy, más de 14 años después, he podido devolverle el gesto. Yo que nunca me sentí autor. Hemos hablado de escribir. De ese ejercicio íntimo y personal, pero también social y comunitario. De cómo la escritura nos construye por dentro, pero también nos entrelaza con los demás.

    Con Carlos —y también con su padre, Rafael— aprendí a escribir de otra forma. No ficción. Sino memorias, proyectos, actas killer. Textos minuciosos, técnicos, eficaces. Llenos de sentido e intención. Sin florituras, pero con poder. Aprendí que en las reuniones uno puede levantar la voz, usar metáforas brillantes, hacer piruetas argumentativas… pero al final, la palabra escrita, es la última palabra. Tal vez por eso le he tenido tanto respeto a escribir. Porque el que escribe, deja constancia. Y la constancia no siempre se lleva bien con la incertidumbre. Y otra cosa no, pero a mí lo de dudar sobre cualquier tema puede ser mi mayor pasatiempo involuntario.

    También esta semana, ayer mismo, participé en una reunión donde se habló largo y tendido. Elaborado. Complejo. Pero sin soporte. Las ideas quedaban en el aire, como nubes que se entremezclaban sin que su suma llegara a ser conclusión. Estuve a punto de sacar un papelógrafo y poner orden visual a las voces. No lo hice. Y no sé si arrepentirme. Pero sé que habríamos llegado antes… y que hoy tendríamos un mapa para volver a recorrer esa conversación (y esos pensamientos). Lo no escrito se disuelve. Lo escrito se relee.

    De nuevo hoy, en el almuerzo, antes de clase, hablábamos de ChatGPT y de cómo, cada vez más, le estamos escribiendo cosas que antes no llegábamos ni a pronunciar en voz bajita. Personalmente, tengo un proyecto abierto sólo para hablarle sobre mí mismo, enfocado en mi desarrollo personal y profesional. Lo uso como diario, como espejo, como confesionario. No porque me dé respuestas —que a menudo sí y buenas— sino porque escribirle me obliga a ordenarme por dentro. A verbalizar. A reconocer.

    Pensé en esos diarios guiados de gratitud o reflexión tan de moda en los últimos años (físicos o digitales). En las preguntas de autoconocimiento. En todo ese movimiento de sacar lo que llevamos dentro, no para exhibirlo, sino para entenderlo. Para hacerlo visible.

    Recordé a Kahneman y su libro: Pensar rápido, pensar despacio. Su distinción, simplicando mucho, entre el Sistema 1 (rápido, automático, emocional) y el Sistema 2 (lento, deliberativo, lógico). Y comprendí por qué escribir es tan importante: nos obliga a activar el Sistema 2. A razonar, matizar, dudar, aclarar, reorganizar. A ponerle palabras a lo que sentimos, pero también a lo que queremos construir.

    En varias ocasiones me dijeron eso de “¿Por qué no escribes como hablas? Seguro que quedará bien”. Lo probé. Utilicé las herramientas de dictado. Y descubrí mis trampas. Mis atajos. Mis incongruencias. La voz suena bien hasta que se convierte en letra y se enfrenta a la relectura. Lo hablado puede seducir. Lo escrito se somete a juicio. De ahí la dureza de escribir. Y de ahí, su gran valor.

    Escribir no es sólo para «autores». Es una herramienta universal. Para pensarse. Para leerse. Para hablarle a una IA, a un amigo, a uno mismo o al mundo entero. Es un músculo. Y como todo músculo, se desarrolla con esfuerzo. Pero también te puede sostener cuando necesitas estructura, o cuando buscas luz entre las sombras.

    Me pregunto si habrá mucha gente viviendo en modo Sistema 1 constante. Si les cuesta pasar al 2. Si escribir no sólo les parece innecesario… sino inaccesible. Y si, quizás por eso, muchas veces nos chocamos contra tanta sin razón.

    En mi caso, obligarme a escribir ha sido un camino de resistencia. No por disciplina, sino por necesidad. Aún no diré que lo disfruto (me gustaría llegar a hacerlo). Pero sí puedo decir que escribir me ayuda a recuperar lo que la velocidad me quita. Cuando vivo demasiado rápido, intento escribirlo. Para ver qué me quería decir esa experiencia que aún no he entendido.

    Y en el fondo, creo que todo esto es una forma de mapearme. De pasar por la vida con un cuaderno invisible donde intento entender lo que siento, lo que pienso… y lo que el mundo me está contando.

    Porque sí. A veces, prefiero contártelo. Pero casi siempre, necesito escribirlo.


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  • ¿Quién me ha robado el lunes?

    ¿Quién me ha robado el lunes?

    Ayer no escribí. Y me molesta. Me tiene trastocado.

    Porque yo soy de los de «¡por fin es lunes!». No por llevar la contraria, sino porque me gusta cuando la semana arranca. Me gusta esa sensación de hoja en blanco, de impulso, de posibilidad. De nuevas oportunidades. No por descartar lo anterior sino por darle un poquito más de ritmo a la cosa. Por eso, cuando no puedo aprovecharlo, siento que me han robado algo. Como Sabina con el mes, pero con a mí con una planificación semanal.

    ¿Quién me ha robado el lunes? Lo guardaba en el cajón donde guardo las gnas. La intención. El equilibrio.

    Hace años, en mi Erasmus en Milán, descubrí el concepto de settimana corta: alquilar una habitación sólo de lunes a viernes. Era algo normal allí, que me resultó sorprendente. Era un acuerdo para vivir a medias: ser una persona de lunes a viernes, y otra distinta el fin de semana. Para mí, el espacio que habito, tiene una gran influencia en mis rutinas, comportamientos, relaciones… Por lo tanto, aquello me pareció como un contrato de doble vida, perfectamente aceptado. Normalizado en una metrópolis de 1,36 millones de habitantes.

    Me recordó a quienes «jornalean» en otra ciudad y regresan a casa sólo para dormir en ella los fines de semana. Tal vez práctico. Pero también esquizofrénico. Me preguntaba si esas personas se sentían divididas. Si había algo en esa forma de vivir que les pudiera provocar cierto desgaste de ese que no se ve.

    A mí me pasó algo parecido cuando estudiaba los primeros años de carrera en Sevilla pero volvía a Córdoba los fines de semana. Era yo, claro. Pero no el mismo. Tenía comportamientos distintos, energías distintas, tonos distintos. Y no me gustaba. Me esforcé por hacerme coherente ambos sitios. Lo hablé en casa, con familia y amigos. Ahora que lo pienso, fue una decisión de supervivencia emocional. Como evitar el cambio de mi materia para no gastar más energía en el tránsito de un estado a otro.

    Por eso, cuando oigo «por fin es viernes», no puedo evitar sentir una pellizquito. No por juicio, sino por empatía. Porque ese «por fin» suena a huída. A respiro que no debería ser excepcional. A alivio que se ha vuelto rutina. Como si cinco días de la semana no pertenecieran a la misma vida.

    Y por eso, no es que me enfade, pero me da coraje no haber podido vivir mi lunes en paz. Porque ayer se desbordó. Entre lo laboral, lo personal, lo invisible y lo urgente. Porque no hubo rastro de equilibrio con el fin de semana previo, ni con este martes que he empezado más atribulado de lo que me gustaría.

    Hoy intento practicar un taichi figurado con esa bola invisible que vino cuesta abajo. No quiero que me pase por encima. Quiero absorber su inercia, amortiguar el golpe, redirigirla. Porque mi objetivo no es tener días buenos y malos, sino una semana entera vivida desde el mismo eje. Con picos, claro. Pero sin montañas rusas innecesarias. Ya hubo suficiente Feria la semana pasada…

    Ya sé que alguien dirá que la vida es así, que hay altibajos. Y tiene razón. Pero si gasto energía en algo, que sea en aprender a nivelar. A disfrutar de cada día, sea lunes, viernes o domingo.

    Hablaremos otro día de las depresiones dominicales. Hoy sólo quería recuperar mi lunes. Aunque ya sea martes.


    Este tipo de reflexiones —sobre lo que sentimos pero no siempre nombramos, sobre cómo habitamos el tiempo, el trabajo y las emociones— son también parte de La lección pendiente. Un libro que no busca darte respuestas, sino invitarte a mirar distinto. A juntar las piezas. A vivir los lunes… y los demás días, con algo más de sentido.

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