¿Quién me ha robado el lunes?

Ayer no escribí. Y me molesta. Me tiene trastocado.

Porque yo soy de los de «¡por fin es lunes!». No por llevar la contraria, sino porque me gusta cuando la semana arranca. Me gusta esa sensación de hoja en blanco, de impulso, de posibilidad. De nuevas oportunidades. No por descartar lo anterior sino por darle un poquito más de ritmo a la cosa. Por eso, cuando no puedo aprovecharlo, siento que me han robado algo. Como Sabina con el mes, pero con a mí con una planificación semanal.

¿Quién me ha robado el lunes? Lo guardaba en el cajón donde guardo las gnas. La intención. El equilibrio.

Hace años, en mi Erasmus en Milán, descubrí el concepto de settimana corta: alquilar una habitación sólo de lunes a viernes. Era algo normal allí, que me resultó sorprendente. Era un acuerdo para vivir a medias: ser una persona de lunes a viernes, y otra distinta el fin de semana. Para mí, el espacio que habito, tiene una gran influencia en mis rutinas, comportamientos, relaciones… Por lo tanto, aquello me pareció como un contrato de doble vida, perfectamente aceptado. Normalizado en una metrópolis de 1,36 millones de habitantes.

Me recordó a quienes «jornalean» en otra ciudad y regresan a casa sólo para dormir en ella los fines de semana. Tal vez práctico. Pero también esquizofrénico. Me preguntaba si esas personas se sentían divididas. Si había algo en esa forma de vivir que les pudiera provocar cierto desgaste de ese que no se ve.

A mí me pasó algo parecido cuando estudiaba los primeros años de carrera en Sevilla pero volvía a Córdoba los fines de semana. Era yo, claro. Pero no el mismo. Tenía comportamientos distintos, energías distintas, tonos distintos. Y no me gustaba. Me esforcé por hacerme coherente ambos sitios. Lo hablé en casa, con familia y amigos. Ahora que lo pienso, fue una decisión de supervivencia emocional. Como evitar el cambio de mi materia para no gastar más energía en el tránsito de un estado a otro.

Por eso, cuando oigo «por fin es viernes», no puedo evitar sentir una pellizquito. No por juicio, sino por empatía. Porque ese «por fin» suena a huída. A respiro que no debería ser excepcional. A alivio que se ha vuelto rutina. Como si cinco días de la semana no pertenecieran a la misma vida.

Y por eso, no es que me enfade, pero me da coraje no haber podido vivir mi lunes en paz. Porque ayer se desbordó. Entre lo laboral, lo personal, lo invisible y lo urgente. Porque no hubo rastro de equilibrio con el fin de semana previo, ni con este martes que he empezado más atribulado de lo que me gustaría.

Hoy intento practicar un taichi figurado con esa bola invisible que vino cuesta abajo. No quiero que me pase por encima. Quiero absorber su inercia, amortiguar el golpe, redirigirla. Porque mi objetivo no es tener días buenos y malos, sino una semana entera vivida desde el mismo eje. Con picos, claro. Pero sin montañas rusas innecesarias. Ya hubo suficiente Feria la semana pasada…

Ya sé que alguien dirá que la vida es así, que hay altibajos. Y tiene razón. Pero si gasto energía en algo, que sea en aprender a nivelar. A disfrutar de cada día, sea lunes, viernes o domingo.

Hablaremos otro día de las depresiones dominicales. Hoy sólo quería recuperar mi lunes. Aunque ya sea martes.


Este tipo de reflexiones —sobre lo que sentimos pero no siempre nombramos, sobre cómo habitamos el tiempo, el trabajo y las emociones— son también parte de La lección pendiente. Un libro que no busca darte respuestas, sino invitarte a mirar distinto. A juntar las piezas. A vivir los lunes… y los demás días, con algo más de sentido.

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