La Feria de Sevilla no nació como una fiesta.
En 1254, Alfonso X el Sabio otorgó a la ciudad el privilegio de celebrar dos ferias anuales, una en abril y otra en septiembre, con el objetivo de dinamizar el comercio local tras años difíciles. Siglos después, en 1846, los concejales José María Ybarra y Narciso Bonaplata propusieron al Ayuntamiento recuperar estas ferias, y en 1847 se celebró la primera Feria de Abril en el Prado de San Sebastián.
La de septiembre tal vez habría que recuperarla también, ¿no? 🙂
Desde entonces, la Feria ha evolucionado, pero su esencia como punto de encuentro se mantiene. Hoy, entre sevillanas y rebujitos, sigue siendo un espacio donde se tejen relaciones personales y profesionales.
En las casetas, las conversaciones fluyen sin la rigidez de una sala de reuniones. No hay tarjetas de visita, pero sí reencuentros que pueden derivar en colaboraciones futuras. Es un recordatorio de que el capital social se construye también en entornos informales, donde la autenticidad prevalece sobre la formalidad.
Hoy, más de 175 años después, las reses han dado paso a las luces de colores, al albero y al “¿nos vemos en la caseta?”. Pero la esencia permanece: la Feria sigue siendo un lugar para el encuentro, para hacer relaciones, para detectar oportunidades. Sigue siendo, en el fondo, un enorme espacio de networking. A veces, basta con estar presente, compartir una conversación sincera y dejar que las conexiones surjan de manera natural.
Si giramos un poquito de lado la cabeza y entornamos los ojos, podríamos ser capaces de identificar comportamientos que nos podrían recordar a algunas competencias básicas del EntreComp. Sé que soy muy friki con el tema pero, permíteme que te deje mis gafas:
Identificar oportunidades
Sí, hay farolillos. Sí, hay rebujito. Pero más allá del catavino verá también otra cosa: ideas en movimiento. A veces no hace falta una pizarra blanca, basta con una conversación en el albero. Proyectos que se mencionan al paso, propuestas que surgen con una jarra compartida, colaboraciones que se insinúan entre sevillanas. La Feria es una incubadora social donde se detectan tendencias, se cruzan mundos y, si estás atento, se te podría enceder alguna bombillita.
Tomar la iniciativa
Lo más difícil muchas veces es acercarse. Romper el hielo. Atreverse a decir “¿tú no eras fulano del evento aquel?”. Pero en Feria todo es más fluido. Quizás por la cercanía, tal vez por el compás o puede que porque el contexto lo pone fácil. Sea como fuera, aquí tomar la iniciativa es una habilidad que se puede practicar sin presión. Y sin que nadie te mire raro por hacerlo (depende de cómo vayas…). Se trata, simplemente, de atreverse a abrir conversaciones con intención, aunque el traje sea de flamenca.
Gestionar la incertidumbre
La Feria es todo menos previsible. Quedas con alguien y se cruza con tres conocidos antes de llegar. Te dicen “voy pa’ allá” o «estoy llegando» y aparecen dos horas más tarde. Pero eso también es parte del juego. Y como en la vida profesional, la incertidumbre aquí no se evita: se capea. Saber adaptarte, leer los tiempos, fluir con lo que sucede y aprovechar lo inesperado… es una coreografía que muchos profesionales deberían ensayar más a menudo.
Movilizar a otros
¿Sabes quién tiene la caseta perfecta? ¿Quién conoce a esa persona con la que llevas meses queriendo hablar? ¿Quién te presenta a alguien con quien compartes interés sin saberlo? Exacto: ese amigo, familiar, compañero o colega que se convierte en nodo entre realidades. En la Feria, movilizar a otros no pasa por grandes discursos, sino por pequeños gestos: un “vente”, un “te presento a…”, un “tenéis que hablar”. Son dinámicas naturales, pero con un potencial brutal si sabes practicarlas.
Trabajar con otros
En Feria no se trabaja… ¿seguro? Porque moverse en grupo, llegar a acuerdos informales, cuidar los tiempos de cada quien, adaptarse a los ritmos colectivos y, sobre todo, saber disfrutar sin perder el foco, también es trabajo. Trabajo blando. Trabajo emocional. Trabajo colaborativo. Y es justamente el que muchas veces más falta hace cuando queremos construir comunidad o avanzar profesionalmente.
¿Qué podemos sacar de esto?
Que no hace falta llamar “networking” a algo para que lo sea. Que la productividad no siempre es gris. Que hay contextos, como la Feria, donde lo personal y lo profesional se dan la mano —literalmente— y, cuando eso ocurre, el aprendizaje es otro. Más sutil, más relacional, más humano.
La Feria también es productividad. Solo que disfrazada de lunares.
Y que sí: la Feria también educa. No con apuntes, sino con experiencias. No con PowerPoints, sino con conversaciones reales. Si le aplicas mirada emprendedora, te darás cuenta de que durante una semana al año, Sevilla se convierte en el congreso más alegre del mundo.
En La lección pendiente encontrarás muchas más reflexiones sobre cómo el emprendimiento —y el aprendizaje que lo acompaña— aparece en los lugares más insospechados: en un aula, en una sobremesa, en un campamento scout o incluso en una película. Porque emprender, al final, es una forma de mirar. Y está en todas partes, si sabes dónde enfocar. Puedes encontrar el libro en Amazon y sumarte a la conversación.

